jueves, 7 de septiembre de 2006
Sentada de la mano de las hojas percibió el negro sonido de su mano. Observó. Vio manchas y líneas que su vaga cordura no pudo resolver. Las tensas cuerdas presionaban su oído mientras su sangre fluía rápidamente. Nada parecía tener sentido. Ni las hojas, ni su mano, ni las manchas y líneas y ni siquiera las malditas cuerdas resonantes. Porque estaba sentada sola, y nunca lo había estado. Repentinamente todo se desvaneció. Y comenzó. Su mente se atormentaba con recuerdos inexistentes. Y los temblorosos movimientos delataban su exceso de angustia, también inexistente. Lo único real era que nada sería jamás lo que alguna vez fue. Porque había traicionado a su vida. Había concluido el macabro ciclo de silencio y comenzaba a gritar. Sólo entonces sonrió. Y brilló tanto que su claro alumbró hasta el último eco de la vacía noche. Y despertó.
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